No es común que en la política internacional de alto nivel un líder mundial use el calificativo de dictador para referirse a otro colega. Debemos entonces prestar atención cuando son dos los líderes que usan ese calificativo con pocos días de distancia.
Primero fue el pacífico Joe Biden calificando de ese modo a su homólogo ruso. De piedra se les habrá quedado la cara a aquellos que pensaban en un giro de 180° de la política exterior americana. La respuesta rusa no se hizo esperar. Por supuesto, no nos referimos a las infantiles palabras del ministro de exteriores diciendo que Biden proyectaba en Putin su propia realidad. La verdadera respuesta fue la movilización de la tropas rusas en la frontera con Ucrania.
Después fue el momento del tecnócrata Mario Draghi, enojado al ver el desplante de Erdogan a Ursula von der Leyen. El conflicto, que parecía ser solo una cuestión de etiqueta y sillas, ha derivado en la suspensión de importantes acuerdos entre Turquía y la Unión Europea. Erdogan, de paso, ha recordado que él fue elegido directamente por el pueblo turco, mientras que Draghi llegó a la presidencia del gobierno italiano por un acuerdo entre legisladores, pero sin el voto popular.
Turquía y Rusia han sido rivales históricos desde hace siglos y ciertamente aún hoy no les faltan focos de conflicto. Siria, los Balcanes, el estrecho del Bósforo. En todas estas cuestiones turcos y rusos parecen encontrarse en posiciones opuestas. Sin embargo, en los últimos años también han mostrado que son capaces de colaborar cuando es necesario. Las palabras de Erdogan defendiendo a Putin de las palabras de Biden son una muestra. Los acuerdo de energéticos y de defensa son otra.
Lo cierto es que Turquía cada vez encuentra más dificultades en su relación con Occidente. Si antes se ilusionaba con entrar en la UE, hoy se dedica directamente al chantaje y toma nota de la debilidad de una Europa que le paga y mira para el costado con tal de que mantenga lejos algunos problemas.
Rusia, por su parte, necesita acuerdos que rompan el estado de aislamiento al que parece querer someterla tanto Estados Unidos como Europa. Las alianzas con países del tercer mundo no son suficiente y ya desde hace tiempo busca alguna grieta (Italia, Inglaterra, Cataluña) que le permita salir de la situación de bloqueo.
Si a esta ecuación les agregamos China y su cada vez más desafiante política sobre Hong Kong, Taiwán y el resto de países del sudeste asiático, el futuro puede parecer inquietante.
Por ahora, este bloque no se ha conformado y para hacerlo necesita tiempo, mucha habilidad diplomática y falta de escrúpulos. Pero sorpresas más grandes hemos visto en el pasado.
Mientras los gobiernos de las democracias occidentales pasan padeciendo cada vez mayor división y debilidad, Erdogan, Putin y Xi Jinping suman en total 50 años gobernando con mano de hierro sus países y ninguna crisis parece afectarles.
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